Todos nosotros en distintas circunstancias de la vida atravesamos momentos muy difíciles, en este caso me voy a referir a los que Aparentemente tocan un límite de resistencia anímica; aquella situación que nos hizo sentir humillados, frustrados y en mi caso eso sucedió en tiempos de la colimba, a los pocos días de entrar a la compañía donde fuimos destinados, se nos llevo a una plazoleta, un lugar escogido por el suboficial como supuesto campito de instrucciones tratando de domesticarnos diríamos, veníamos de la ciudad, del campo, y seguramente la orden era hacernos dóciles, vencer nuestra resistencia para lograr imponer con facilidad las órdenes militares.
Recuerdo que una de las formas que tuvo un Cabo primero para humillarnos fue hacernos arrodillar en un cantero de la plazoleta y arrancar con las manos en un día de pleno invierno, con el pasto congelado y húmedo todo lo verde que rodeaba una fuente de agua.
Luego de trabajar un rato y sentirme realmente humillado note que por mi rostro surcaban algunas lágrimas, es que no me daba cuenta de que estaba trabajando mi "ego", yo venía de vivir una etapa muy diferente en libertad como trabajador rural Y de pronto encerrado y bajo algunas órdenes como esta injustas, mi espíritu tenía ganas de rebelarse, pero sabía que no podía hacerlo y eso me frustraba aún más.
Con el paso del tiempo me di cuenta que ese trabajo interior, que me era tan difícil de procesar en ese momento, aún tenía que trabajarlo y darme cuenta que la persona que nos estaba humillando lo necesitaba, lo necesitaba su ego de saberse que quizás estaba en un trabajo que había elegido de militar, pero qué no le gustaba y que sabía que nosotros estábamos allí por poco tiempo y que un día nos marcharíamos de aquel lugar y él quedaría allí en la plaza, mirando como otros soldados supuestamente humillados por él y por su ego cortan pasto, en un ciclo que recomenzaría cada año mientras él seguiría frustrado, y buscando humillar a otros para no sentir su propia humillación.
Jorge Santoro
